Artículo escrito por Silvana Becerra Tavano
Durante décadas, las barrancas de la Ciudad de México han sido vistas con desdén. Para muchos, son sitios peligrosos, descuidados y sin valor: terrenos baldíos en donde se puede tirar la basura. Sin embargo, esta percepción es apenas la superficie de una historia mucho más profunda. ¿Y si te dijera que, detrás de esa apariencia olvidada, se esconden algunos de los últimos refugios de naturaleza que sobreviven entre el cemento de la ciudad? Son espacios que respiran, se mueven y protegen a cientos de especies.
La Barranca de Tarango, ubicada al poniente de la ciudad, es un ejemplo vivo de este contraste. Allí, desde Ectagono y Ríos Tarango, en alianza con BBVA México, nos propusimos cambiar la forma en que vemos y entendemos a las barrancas urbanas. Queremos demostrar que no son espacios muertos, sino ecosistemas vibrantes con voz propia. Y lo más importante: que vale la pena escucharlas y conservarlas.
Descubriendo las especies que las habitan
Todo comenzó en 2024, con un primer esfuerzo de monitoreo de biodiversidad. El objetivo era simple, pero ambicioso: mirar con detalle qué especies habitan la barranca y así revelar su riqueza oculta. Los resultados fueron sorprendentes y confirmaron lo que intuíamos: la barranca está llena de vida.
Para 2025, decidimos dar un paso más. Esta vez, en lugar de enfocarnos en el suelo, levantamos la vista hacia el cielo… y también hacia la noche. Queríamos conocer a los habitantes alados de Tarango: las aves y los murciélagos. Saber cómo se comportan, qué comen, cuándo llegan y cuándo se van. Porque observar es siempre el primer paso para proteger.
El monitoreo nos ha permitido entender cómo cada estación del año narra una historia distinta. En primavera, por ejemplo, llegan aves migratorias que han recorrido miles de kilómetros para encontrar refugio en la Barranca de Tarango. Al mismo tiempo, otras especies aprovechan este espacio para anidar y criar a sus polluelos. En las noches, los murciélagos emergen de sus refugios y, con su silenciosa labor, mantienen al ecosistema en equilibrio: dispersan semillas, controlan insectos y ayudan a regenerar el entorno mientras el resto de la ciudad duerme. (Muchas personas ni siquiera imaginaban que en medio de la ciudad hay murciélagos).
La metodología combina herramientas modernas y divulgación de la ciencia: binoculares para observar a distancia, cámaras para registrar su vuelo, grabadoras para capturar sus sonidos y hasta ecolocalizadores para seguir a los murciélagos. Así, poco a poco, vamos escribiendo una crónica de la vida en la barranca.
Los resultados hablan por sí solos: en tan solo tres días de monitoreo de primavera registramos 63 especies de aves. ¿Te lo imaginas? En un sitio que muchos consideran vacío, revolotean atrapamoscas, gorriones, calandrias y parúlidos de colores brillantes. La barranca vibra con movimiento, con alas y cantos. Solo hay que detenerse a mirar para descubrirlo.
Ciencia ciudadana, la comunidad como aliada
Este esfuerzo no es exclusivo de científicos o expertos. Por el contrario, la intención es abrir la experiencia a la comunidad y reconectar a las personas con las barrancas y otros espacios de naturaleza que quedan en las ciudades. Cada mes organizamos, en el marco del Día Ectarea, actividades de avistamiento de aves donde cualquiera puede participar. Con binoculares en mano, familias enteras se reúnen para observar y maravillarse con la vida silvestre que los rodea.
Te puedes enterar de la próxima cita en el Instagram de Ectarea_cdmx y será una oportunidad para descubrir juntos que las barrancas no son sitios vacíos, sino tesoros urbanos que necesitamos valorar. Porque conocer lo que habita un lugar, hace más fácil que lo apreciemos. Y cuando lo apreciamos, lo cuidamos.
Un pulmón que da vida
Hoy, la Barranca de Tarango, (ni ninguna otra) ya no puede verse como un lote baldío. Es mucho más que eso. Su vegetación captura carbono, produce oxígeno y ayuda a infiltrar agua al acuífero, contribuyendo a la recarga hídrica de la ciudad. Funciona como un amortiguador natural contra el ruido y la contaminación, y sobre todo, es el hogar de cientos de especies que mantienen la biodiversidad urbana.
Aves, mamíferos, reptiles, además de la extensa variedad de plantas, nos lo están recordando cada día con su presencia: este lugar importa. Es un recordatorio de que la ciudad no está completamente perdida al concreto y que aún hay espacios donde la vida silvestre encuentra refugio.
El reto ahora es colectivo. Cambiar nuestra manera de mirar las barrancas es el primer paso hacia su conservación. Pasar de verlas como lugares peligrosos y vacíos a reconocerlas como ecosistemas valiosos abre la puerta a nuevas formas de habitar la ciudad: más conscientes, más sostenibles, más humanas.
La experiencia en la Barranca de Tarango es una invitación a todas y todos: a mirar más de cerca, a escuchar lo que la naturaleza nos quiere decir y a actuar en consecuencia. Porque en cada ala que bate, en cada canto al amanecer, hay un recordatorio de que estamos conectados. Y que proteger estos espacios es, en última instancia, protegernos a nosotros mismos.